UNA EUROPA QUE ENVEJECE Y UN SISTEMA QUE AGONIZA. LOS CUIDADOS A LOS MAYORES NO SON UN GASTO

38 MILLONES DE PERSONAS NECESITARÁN CUIDADOS EN 2050. PERO QUIENES LOS PRESTAN HUYEN. LA PRECARIEDAD NO ES UN EFECTO COLATERAL: ES EL MOTOR DEL DESASTRE.

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Europa se enfrenta a una paradoja demográfica: nunca ha tenido tantos mayores y nunca ha tenido tan pocos dispuestos a cuidarlos. El envejecimiento no es una amenaza lejana; es una ecuación con fecha de vencimiento. En 2025, las personas de 85 años, que apenas superaban el 3% de la población, serán el 6% en 2050. La demanda de cuidados de larga duración pasará de 30,8 millones en 2019 a 38,1 millones en esa misma fecha. Y sin embargo, el sector que debería sostener esta pirámide invertida se desangra por una fuga de talento que no cesa.

El diagnóstico es conocido: falta personal cualificado. No por falta de necesidad, sino por falta de condiciones. Las trabajadoras del cuidado (porque son mayoritariamente mujeres) soportan salarios de miseria, jornadas interminables y un riesgo psicosocial que roza lo insoportable. La precariedad no es un accidente del mercado; es la consecuencia de décadas de infravaloración de un trabajo que la sociedad declara esencial pero paga como si fuera accesorio.

Los datos son tozudos. El 80% de los cuidados en la UE los prestan cuidadores informales, la mayoría no remunerados. Cuando el cuidado se formaliza, las condiciones no mejoran sustancialmente: los trabajadores del sector ganan menos que la media europea, soportan tasas de rotación altísimas y carecen de acceso a formación continua. La Estrategia Europea de Cuidados de 2022 prometió un cambio de rumbo. Tres años después, el barco sigue a la deriva.

Y aquí llega el matiz que incomoda. La Comisión Europea ha destinado 8.100 millones de euros a través del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia para reformar los sistemas de cuidados. Se construyen residencias, se compran equipos, se diseñan marcos de financiación. Pero el problema no es de infraestructura; es de personas. De nada sirve una residencia de última generación si no hay quien trabaje en ella. El dinero no resuelve la precariedad si no va acompañado de una revalorización real del trabajo.

El Parlamento Europeo lo ha entendido. En noviembre de 2025, los trabajadores del cuidado llevaron sus demandas a la Eurocámara con un mensaje claro: «Sin trabajadores, no hay cuidados». La resolución exige salarios justos, dotación de personal segura y protección frente a la violencia. Pero las resoluciones no vinculan. Y los Estados miembros, especialmente los del sur, miran hacia otro lado mientras sus sistemas de cuidados se desmoronan.

La paradoja final es esta: Europa necesita más cuidadores formados, pero el sistema los expulsa. Los jóvenes no quieren entrar en un sector donde la vocación se paga con precariedad. Los migrantes cubren el hueco, pero en condiciones de vulnerabilidad que perpetúan la desigualdad. El círculo se cierra: cuidar de quien nos cuidó se ha convertido en un lujo que solo unos pocos pueden permitirse.

El futuro de los cuidados de larga duración no se juega en los despachos de Bruselas, sino en las condiciones de trabajo de quienes levantan a un anciano de la cama cada mañana. Mientras no entendamos que el cuidado no es un coste, sino una inversión en dignidad, seguiremos construyendo un sistema que promete sostener a los mayores y termina derrumbando a quienes los sostienen.


ALEJANDRO KLOCK VARAS
JURISTA Y MEDIADOR CIVIL Y MERCANTIL
www.legaltimes.es

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