El Derecho Internacional que conocimos fue un proyecto kantiano: la aspiración moral del deber ser, forjada tras las guerras del siglo XX. Fue la respuesta idealista de la civilización ante la barbarie. Como bien señaló Max Sørensen, para comprender el sistema jurídico internacional, primero hay que entender el mundo político que lo produce.
Después de las guerras, creímos haber alcanzado una madurez colectiva. Nació entonces la arquitectura multilateral que prometía contener la barbarie. Funcionó mientras las grandes potencias mantuvieron la disciplina del sistema. Pero esa realidad comenzó a erosionarse con la carrera nuclear. Hoy, nueve países poseen capacidad de destrucción masiva. Ese es el verdadero nudo gordiano de nuestro tiempo, aunque rara vez se discute con franqueza.
El caso iraní es grave: nadie cree que el enriquecimiento de uranio al 60% tenga fines exclusivamente científicos, especialmente cuando un régimen declara abiertamente su voluntad de hacer desaparecer a otro Estado. No confundamos la agresividad de Irán con el malestar hacia Estados Unidos. Son cuestiones distintas.
El multilateralismo, advertía Max Weber, genera sus propias patologías. El optimismo jurídico del siglo pasado dio paso a organismos de dudosa solvencia, liderazgos de baja estatura moral y un ideologismo rudimentario que erosionó su credibilidad. El «buenismo» fue lo peor que pudo ocurrir: buenos para ellos mismos, pero inocuos para el mundo.
Sin embargo, el derecho resucitará. No por inercia, sino por necesidad. Como ocurre siempre: cuando la realidad supera la ficción normativa, emerge un nuevo orden. Ojalá no tengamos que pagar el precio completo para que ello suceda.
ALEJANDRO KLOCK VARAS
JURISTA Y MEDIADOR CIVIL Y MERCANTIL
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