Una casa de lujo francesa registrando su logotipo para proteger embutidos y candelabros suena, a primera vista como a mal chiste de sobremesa entre abogados de propiedad industrial, pero la realdad supera a la fición y no lo es. Rospatent aceptó el 21 de septiembre la solicitud de Louis Vuitton Malletier para extender la protección de su célebre entrelazado de eles y uves a categorías que van de las bebidas alcohólicas a los programas educativos, pasando por alfombras, papelería y servicios de diseño de interiores. La vigencia, hasta octubre de 2035, no es casual, es la duración máxima que permite el sistema ruso antes de renovación.
Lo que hace interesante este movimiento no es la marca en sí, sino la estrategia de clasificación que hay detrás. El sistema de Niza, que ordena productos y servicios en 45 clases internacionales, permite a un titular registrar un mismo signo en categorías muy alejadas de su actividad nuclear, siempre que exista intención real de uso o, en jurisdicciones más permisivas como la rusa, simple voluntad declarada de explotación futura. Louis Vuitton no vende salchichas, pero blindarse frente a quien quisiera vender salchichas con su monograma es una jugada de manual defensivo, no ofensivo.
Es en todo caso una vieja táctica, con matices, en clientes que operan en mercados donde el registro previo por terceros de mala fe, el llamado trademark squatting, es una amenaza constante. China fue durante años el ejemplo de manual en las facultades de Derecho mercantil. Rusia, tras 2022, se ha convertido en un terreno igual de fértil para el oportunismo registral, precisamente porque muchas marcas occidentales redujeron su presencia comercial sin renunciar a sus derechos de propiedad intelectual, dejando un vacío que algún registrador local avispado podría intentar llenar.
Que Fast Retailing, matriz de Uniqlo, hiciera lo propio apenas una semana antes, con vigencia hasta agosto de 2035, no es coincidencia sino patrón. Ambas operaciones desmienten, con hechos y no con declaraciones, el relato de una desconexión total entre las marcas de consumo occidentales y el mercado ruso. La geopolítica condiciona la venta física, desde luego, pero el derecho de marcas opera en un plano distinto, el de la reserva de derechos a largo plazo, y ahí ninguna sanción impide presentar una solicitud administrativa.
La pregunta que siempre suele hacer los clientes con activos de marca en jurisdicciones sensibles no es si deben registrar, sino cuánto les cuesta no hacerlo. La respuesta, vista esta jugada, parece cada vez más clara: mantener vivo el registro, aunque el negocio esté congelado, es la prima de seguro más barata que existe en propiedad industrial.
ALEJANDRO KLOCK VARAS
JURISTA
MEDIADOR CIVIL Y MERCANTIL
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