EL LADRÓN DE COCODRILOS. CUANDO LA JUSTICIA PARISINA MUERDE EL FAST FASHION

La sentencia que prohíbe a Shein copiar a Lacoste no es solo un triunfo de la propiedad intelectual. Es el pistoletazo de salida para una guerra asimétrica en el comercio electrónico europeo.

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El Tribunal Judicial de París ha hecho lo que muchos juristas temían que quedase en un simple órdago. Prohibir a Shein la venta en toda la UE de productos que evoquen la silueta del cocodrilo de Lacoste no es un mero revés comercial. Es una declaración de principios sobre la confusión del consumidor en la era del algoritmo. ¿El problema? Que la confusión, señores, no siempre es un error.

Shein no vende imitaciones burdas. Su estrategia se asienta sobre la «inspiración» sistemática, un eufemismo legal para la apropiación de códigos visuales que genera un «riesgo de asociación» en el mercado único. La sentencia francesa se apoya en el artículo L. 713-2 del Código de la Propiedad Intelectual, pero su verdadera potencia radica en la aplicación extraterritorial. No se juzga un producto, sino un sistema de producción de diseños efímeros que satura la percepción del consumidor.

Los magistrados han entendido que el «efecto dilución» no es una metáfora. Cuando un gigante asiático produce mil prendas al día, la distintividad de una marca histórica se desvanece en un mar de ofertas, aunque los logos no sean idénticos. Aquí, el Derecho de marcas se topa con la psicología cognitiva. El consumidor medio, ese ente abstracto que invocamos en los escritos, no distingue entre el original y la «vibra» del original. Y la ley protege la vibra.

Desde mi experiencia como mediador, esta resolución es un arma de doble filo. Felicito a Lacoste por su audacia, pero me pregunto: ¿estamos ante un precedente o ante una excepción? La ejecución de esta prohibición contra un market-place con sede extracomunitaria será un calvario procesal. ¿Quién vigilará el millón de SKUs que Shein renueva cada semana? La vigilancia tecnológica, no el mitin judicial, será el verdadero campo de batalla.

Este fallo obliga a redefinir la «originalidad» en la moda. Porque la moda es copia, es inspiración, es tendencia. El Derecho no puede sofocar la creatividad, pero sí debe poner coto a la suplantación sistémica. La pregunta incómoda que ningún abogado de Lacoste responderá en voz alta es: si el consumidor elige la copia a sabiendas de que lo es, ¿dónde queda el daño a la marca? El Derecho de marcas no es un código moral; es un escudo competitivo. Y hoy, París ha dado un golpe sobre la mesa.

La batalla no es contra Shein. Es contra la lógica de la inmediatez.


ALEJANDRO KLOCK VARAS
JURISTA Y MEDIADOR CIVIL Y MERCANTIL
www.legaltimes.es

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