MÁS DE UN MILLÓN DE SOLICITUDES DE REGULARIZACION MIGRATORIA EXIGEN UNA RESPUESTA QUE TRASCIENDA LO BUROCRÁTICO

LA REGULARIZACIÓN QUE DESBORDA AL ESTADO

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Una cifra no es un simple dato estadístico; es un diagnóstico clínico de la salud de nuestro Estado de Derecho. El anuncio gubernamental de un nuevo proceso de regularización ha destapado una realidad incómoda e inaplazable: el sistema administrativo no estaba preparado para gestionar la vida de quienes ya residen entre nosotros. El dato, más de un millón de peticiones, no es un éxito ni un fracaso político; es una evidencia tangible del desfase entre la norma y la realidad social.

La tesis oficial mantenía que el procedimiento era un embudo jurídico regulado. Diseñado para el control, no para la acogida, se partía de una previsión optimista que minimizaba el impacto de la inmigración irregular en la tramitación diaria.

Sin embargo, la antítesis es demoledora. Ese millón largo de expedientes colapsa los cimientos de la eficiencia administrativa, generando un cuello de botella que paraliza la maquinaria estatal. La lentitud procesal convierte el arraigo social en un estado de inseguridad jurídica perpetua, donde el silencio administrativo se instaura como norma y la tutela judicial efectiva se torna una quimera. No estamos ante un problema de papeles; estamos ante derechos humanos suspendidos en el limbo de la falta de medios y recursos cualificados.

La síntesis exige una metamorfosis radical del paradigma burocrático. No basta con habilitar más ventanillas o prorrogar plazos. Se impone una reforma estructural que digitalice integralmente los expedientes, multiplique los recursos humanos especializados y simplifique el laberinto normativo. La seguridad jurídica, principio rector de nuestra convivencia, no puede ser un lujo para unos pocos; debe ser el pilar innegociable del procedimiento.

La Administración debe comprender que regularizar no es un acto de gracia ni una concesión discrecional, sino un mandato constitucional implícito para garantizar el derecho a un procedimiento equitativo y la dignidad de las personas. La justicia demorada no es justicia: es una negación fáctica de derechos. Exijamos un Estado ágil y resiliente, porque la verdadera soberanía de una nación no se mide en sus fronteras físicas, sino en su capacidad para gestionar la diversidad con eficiencia, humanidad y rigor jurídico.

ALEJANDRO KLOCK VARAS
JURISTA Y MEDIADOR CIVIL Y MERCANTIL
www.legaltimes.es

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